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Camiseta de colores

 [Divertimento en heptasílabos y endecasílabos sobre tema cotidiano] Anda que no estás guapa En de que te despistes Voy a pegarme a ti como una lapa Ya no habrá ¡jamás nunca! días tristes ¡Esa camiseta con que te vistes Camisetilla que el pecho te tapa! ¿Qué camiseta? Insistes ¿Pero es que llevas capa? La de colores, digo La que te has puesto, niña, esta mañana.

Plegaria

Te conmino, oh Sol A que violes el amanecer Hazlo gritar rojo, amarillo, sangre Y que griten con él los pájaros Y que los hombres rotos lloren al mismo tiempo  Te conmino, oh Viento A que desgarres con furia Las nubes soñolientas del primer suspiro Y que lluevan sus restos destrozados Sobre los pájaros que gritan Y sobre los hombres rotos que lloran Te conmino, oh Abismo A devorar hombres, amaneceres y pájaros Te conmino, te ordeno, y si no: Suplico Devora hombres, amaneceres y pájaros  Y rompe el ciclo del eterno aburrimiento Devora, oh Abismo, ese ruido y ese silencio.

Copla

El perdón no existe Todo el mundo lo sabe Todo el mundo lo ignora Existen la desesperación La locura, la rabia La pena tremenda La tremenda abominación hacia uno mismo Existe el vómito repentino Auspiciado por aquello que te devuelve el espejo Pero no existe el perdón Imposible Aunque seas perdonado Aunque esté todo firmado: No hay perdón para ti Ni estando vivo Ni después de morir.

La piedra y el caminante (soneto)

Me siento en la piedra, para descansar Que está el cabo del camino, cansada Tal vez también ella, de estar tirada Justo al borde, cansada de contemplar El andar tan cansado y peregrino De viajeros perdidos, sin destino Como yo mismo, al borde del camino Indiferente a manes que mi sino Gobiernen, dominen, torturen... ¡maten! Al cabo maten, tras de con él jugar Como hacen los gatos, antes de matar Al ratón miserable. No debaten El gato y el ratón, son enemigos Como Dios y el Hombre no son amigos.

En fin

De nuevo tirada en la cama esperando a que la hora real coincida con la que marca el reloj de gato que hay en la mesilla. Se paró algún día, poco después de comprarlo, a las nueve y cuarto, no sé si de la noche o de la mañana. Y en vez de cambiar la pila pensé en esa vieja tontería, “incluso un reloj parado da la hora correcta dos veces al día”; y desde entonces, o más bien desde que me di cuenta de que se había parado, tontamente espero a que la hora del móvil coincida con la del reloj de gato (¿o es al contrario?): las nueve y cuarto. Entonces, me pongo en marcha. Realmente puedo ponerme en marcha cuando quiera, soy mi propia jefa, digamos. Yo marco mi ritmo. (Aunque sea en verdad el reloj de gatito el que lo hace). Soy una fracasada con pasta, una puta pienso a veces, un maniquí. Me hago fotos, las cuelgo en mis diversas cuentas en casi todas las redes sociales que dan dinero de una forma u otra. Tengo suscriptores de pago en cuentas especiales, cuya única diferencia con el resto es

Lamento ser yo

Si yo fuera ese otro hombre Con dinero, guapo  Con músculos hinchados bajo la piel Todo el rato los músculos hinchados Te compraría regalos Cosas de plata, lencería Viajes, langostinos Fiestas en suntuosos hoteles Nueva York, París, Hamburgo Te daría azotes, pero siempre con dinero Siempre guapo Siempre los músculos hinchados Si yo fuera ese otro Tal vez tú, así, sin mí Con él, nunca conmigo Que soy feo, miserable y decrépito Serías feliz.

Jornada laboral

Una hora trabajando. Bueno, entré antes de las ocho, como siempre, y son las nueve, así que llevo una hora trabajando oficialmente, y casi otra media hora dejando que el trabajo me robe la vida.  Con un destornillador de punta plana, el más pequeño que tengo, me abro un cortecito, apenas es un rasguño, en el antebrazo izquierdo. La presión se alivia, la máquina vuelve a funcionar. Dos horas trabajando. Llevo una semana sin cortarme las uñas solo para este momento: me piso bien la mano izquierda con las botas de trabajo, me inmovilzo. Con mucha calma (esa calma que surge de manera inmediata y repentina justo antes de la automutilación) sujeto la uña del pulgar con el pequeño alicate rojo, empujo su boca hasta donde la carne me permite y entonces agarro la uña con fuerza. Tirón salvaje, brutal separación. La presión se alivia, un poco de cinta aislante, la máquina vuelve a funcionar. Tres horas. Trabajando. Me duele la cabeza, como siempre, y como siempre a nadie le importa, ni a mí. Me